jueves, 9 de octubre de 2014

Trabajando con (sobre)información

En mi último post reflexionaba sobre el hecho de haber perdido la felicidad y la necesidad de hacer un esfuerzo extra para ponerle la sonrisa a una época convulsa. Sigo creyendo en todas y cada una de mis palabras pero hoy debo añadir y reconocer que no nos lo ponen nada fácil. Es cierto. A los problemas económicos, a la falta de confianza en la política de este país, a las cajas B, las tarjetas opacas y a un sin fin de problemas se suma otro de cinco letras: ébola. Sí, el virus del ébola para el que hasta el momento no hay cura y que ha llegado a nuestro país. Una auxiliar de enfermería que atendió a los dos religiosos repatriados de África se ha convertido en el primer caso en Europa de contagio fuera del continente africano. Está en Madrid, aislada en el hospital Carlos III y, por lo que sabemos hasta esta mañana, va mejorando con el suero con el que la están tratando. 

No voy a reflexionar aquí sobre los famosos protocolos (la palabra más repetida en los últimos días), si fallaron, si no, tampoco voy a hablar de las declaraciones de la ministra Ana Mato, ni del Consejero de Sanidad, ni de los médicos que atendieron a la paciente. No voy a hablar de nada de eso porque creo, sinceramente, que ya se ha hablado demasiado. Y cuando digo demasiado, me refiero a en exceso, con el peligro que el exceso conlleva. 

Portadas del 7 de octubre, día que saltaba la noticia del primer contagio

Desde que se conociera este primer caso de contagio en España, me enfrento todas las mañanas a mi obligación de informar de lo que sucede, consciente de la relevancia de la noticia y del derecho que todos tenemos a la información, también aquellos que cada mañana sintonizan Kiss FM. Hago un esfuerzo por detectar lo realmente importante, lo que llega de fuentes de peso, acreditadas en la materia y obviar aquellas oportunistas e incluso alarmistas. Porque estamos ante un caso de salud pública con todo lo que ello conlleva: preocupación, mucha preocupación. Y aquí entra en juego otro factor: Twitter. La red social donde las "noticias" vuelan, donde todos hablamos de todo, donde se le da peso a un rumor, a algo que hemos escuchado en el metro mientras veníamos para casa. Todos, de pronto, somos expertos. Cuidado, mucho cuidado. Todas las mañanas tengo que hacer otro ejercicio, además del de informar con rigor: no dejarme llevar por la vorágine "informativa" de Twitter. Aprender a utilizar la red social del pajarillo es otra de las tareas pendientes que tenemos los periodistas y que Carmela Ríos, compañera de profesión, explica muy bien en su blog. Ella habla de filtros, y yo no puedo más que sumarme a sus palabras. Filtrar no es ponerse un pañuelo en los ojos ante la realidad, es no caer en la espiral de la sobreinformación ni tropezar con el peligroso rumor. 

Dicho esto, también voy a reconocer que estos días, más que nunca, he querido parar el mundo y bajarme. Pero no para alejarme de los problemas con los que nos toca lidiar, eso sería muy cobarde, si no para verlos con perspectiva e intentar detectar en qué punto nos hemos equivocado. 


NOTA: Vuelvo a utilizar al gran Forges para ilustrar la entrada. Esta viñeta publicada hoy en El País creo que no pude ilustrar mejor mi reflexión. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

Hemos perdido la felicidad

Nos cuesta pintarnos la sonrisa por la mañana. Las prisas, los atascos, un trabajo que no es el que habríamos deseado o por el que no se nos paga lo suficiente, la ausencia de trabajo, problemas económicos, los nuestros, los de nuestra familia y así podríamos seguir casi hasta el infinito, hacen que dejemos nuestra sonrisa tumbada junto a la almohada en pleno letargo. Porque sí, hemos perdido la felicidad. Sé que es una afirmación excesivamente generalista y algo catastrofista, pero de verdad lo creo y voy a explicar por qué. 

¿Cuántas veces al día nos apetece sonreír? ¿Con cuántas personas nos cruzamos al día que nos provocan sonrisas o que llevan una pintada en sus caras? Cada vez menos. Estamos más preocupados por sobrevivir a nuestro día y a nuestras circunstancias que por ser felices. Con sobrevivir nos basta. Ahora no tenemos tiempo para pensar en otra cosa. Ya seremos felices cuando tengamos tiempo de no preocuparnos por nada. Error. Por supuesto que es un grave error porque al final, ya lo dijo John Lennon, "la vida es eso que pasa mientras tú estás ocupado haciendo otros planes". No puedes vivir esperando eternamente a que algo cambie porque el reloj no espera. No te espera a ti ni espera a nadie. 

Hemos perdido la felicidad, insisto, y posiblemente tengamos que esforzarnos más que nunca para localizarla y volver a guardarla en el cajón de nuestra vida. Y no, no vale con encomendarnos a San Cucufato, tenemos que poner de nuestra parte. La felicidad está en las pequeñas cosas. Qué frase tan manida y cuánta verdad encierra. Empecemos por localizar y disfrutar las pequeñas cosas de nuestra vida que nos provocan, aunque sea tímida, una sonrisa. Ese es el principio de la felicidad. Hagamos por sonreír, aunque el día sea gris, porque creo firmemente en el poder de la sonrisa. Sonriamos, aunque no tengamos ganas, aunque estemos fingiendo, porque al final del día lo haremos de manera inconsciente y entonces habrá valido la pena. La sonrisa atrae la felicidad y ésta puede estar en cualquier esquina. ¿Queremos que nos pille con el ceño fruncido?

Hoy ha sido Mafalda, la maestra provocando sonrisas, la que ha inspirado esta entrada. Ella, sin saberlo, un día me hizo muy feliz y espero poder contaros esto más adelante. ¿Que os parece si empezamos hoy a desentonar con todo el mundo poniéndonos una sonrisa en la cara?



NOTA: Sobre el tema de la sonrisa y de su poder en el día a día hablo también en un capítulo del libro Emociones Laborales. ¡Qué importantes son las sonrisas en el entorno laboral!