viernes, 20 de marzo de 2015

Disfrutando de la felicidad

Dicen que está en las pequeñas cosas de la vida. Dicen también de ella que nos acompaña en nuestro día a día aunque a veces lo haga a escondidas, en silencio, sin pronunciarse. La invocamos a diario pensando que se encuentra detrás de una cifra de varios ceros en nuestra cuenta corriente sin darnos cuenta de que, tal vez, se esconda tras una mirada o junto a un momento. 

Ella está en cada amanecer junto a la persona amada. Está también en esas conversaciones hasta altas horas de la madrugada o en los primeros pasos de quien está aprendiendo lo necesario para caminar por la vida. Alguien una vez le puso el nombre de FELICIDAD sin saber quizá que esas nueve letras iban a encerrar más de lo que nadie podría abarcar. Felicidad es todo y es nada a la vez. Su ausencia nos hace desgraciados pero su presencia no nos garantiza la dicha. 


Hoy celebra su Día Mundial, una jornada para reivindicarse como un derecho fundamental de todos. Porque todos, sin excepciones, tenemos que ser felices aunque a veces se nos olvide, aunque a veces no tengamos ni el tiempo ni las ganas necesarias para disfrutar de su presencia. Ella está ahí, siempre lo está, sólo hay que saber verla en los gestos. La felicidad no está en las grandes metas, está en los pequeños logros, en los pasos que vamos dando en el camino de la vida. 

La felicidad no es que una persona te la ofrezca como acto de generosidad. La felicidad es un bien individual y con él hacemos lo que nos venga en gana: o lo disfrutamos y exprimimos al máximo o dejamos que se marchite y termine por convertirse en polvo. La felicidad está pasar tiempo junto a esa persona, sí, pero también puede estar en nuestra soledad y en nuestro silencio en medio del caos. La vida te ofrece infinidad de oportunidades para coger de la mano tu felicidad y disfrutarla. 


Este viernes es el Día Mundial de la Felicidad según la ONU. Lo que las Naciones Unidas no saben que es la felicidad tiene ocupados todos los días del calendario. Ella es así. 

Si algún día la pierdes y no sabes dónde está, no ates lazos innecesarios ni pidas ayuda a los santos. Abre la ventana y grita, grita fuerte. Llora si crees que debes hacerlo hasta que ya no te queden lágrimas. Cierra la ventana. Lávate la cara y mírate al espejo. Sí, la felicidad está ahí. Ahora sal a disfrutarla. 

¡Feliz Día de la Felicidad a tod@s! 


"La felicidad es a veces una bendición, pero por lo general es una conquista"
(Paulo Coelho)

viernes, 13 de marzo de 2015

Mudando mis recuerdos

Estoy de mudanza, de limpieza, de movilización. ¿Qué es una mudanza si no mover trastos de un lugar a otro y deshacerte de los que ya no te sirven? No hay mejor momento para hacer limpieza que un traslado. Yo estoy de mudanza, pero de recuerdos, de esos que pesan, que ocupan un sitio de tu mente que debería estar reservado para lo nuevo, lo que está por llegar. Estoy vaciando mi mente y compartimentando todo lo que he guardado en ella. Cuántos recuerdos. Qué de momentos vividos.

Muchos de ellos se quedan en la caja que llevaré siempre conmigo. Conversaciones, personas, instantes. Todos ellos se vienen porque cada vez que desembale esos cartones sé que me voy a encontrar con una sonrisa, una caricia en el alma y una inyección de energía. Sí, definitivamente esa caja se viene conmigo. Esa y algunas más. Al final cuesta desprenderse de las cosas porque siempre hay algo positivo en todo lo que recuerdas, en todas las experiencias de vida. 


Algunos de los recuerdos dudo si meterlos en la caja del reciclaje porque son esos que no pesan pero tampoco sirven. Momentos efímeros que sirvieron y ya no valen. Recuerdos de usar y tirar como aquellas cámaras de fotos que al terminarse el carrete se desechaban pero que tuvieron una bonita vida de 24 o 36 fotos. Esos recuerdos tuvieron vida. Ya no. 

Lo que tengo claro es qué recuerdos meter en la caja negra que se queda en el camino. Aquellos que duelen, que pesan y que no me dejan seguir andando. Cuesta dar el paso de romper en pedazos algo tuyo pero cuando lo haces llega esa sensación de libertad, de caminar por la vida sabiendo que puedes comerte el mundo porque está hecho para ti. 


Adiós a todo eso que me provocó noches de insomnio, tardes de lágrimas y esperas eternas. Adiós a esas fotos que recogen momentos de mentira, que fueron sin serlo y que no volverán a ser jamás. Adiós también a esas palabras que fingían ser algo contrario a lo que realmente eran. Son despedidas necesarias para dejar espacio a todos los saludos que vendrán. 

Estoy de mudanza de recuerdos, de limpieza. No me dejo mucho en el camino pero sí lo suficiente. Sólo me llevo lo que mi fuerza me permite cargar. Lo que realmente vale.

Conmigo se vienen los recuerdos que me hacen feliz. 


"Aquí estoy, acumulando cajas en el trastero de mis recuerdos" 
(M.F.)

miércoles, 11 de marzo de 2015

La vida se fue a negro

Sin esperarlo y sin avisar se fue el día a negro para cientos de familias. Una rutina, coger el tren por la mañana para ir a trabajar, como tantos días, como tantos años, se convirtió en una trampa. Fue una jugarreta del destino. Ese tren y no otro llevaba marcado el final. "Si hubiera cogido el anterior, si hubiera sacado el coche a pesar del atasco..." Ya nada importaba. Era ese tren y era ese día, marcado en el calendario de todos los españoles desde hace ya once años. 

Un 11 de marzo en el que muchas vidas se fueron a negro. Se apagaron. Se fueron sin querer irse porque alguien decidió que así fuera. Se apagaron 192 corazones pero miles dejaron de latir por un momento. Para otros cientos, el latido desde entonces es más pausado. Es el latido de un corazón al que le han arrebatado la pieza que hace funcionar la maquinaria. Esa pieza que ahora es rabia por ser víctima de una injusticia, de la mayor de las injusticias. 


Mi Madrid fue testigo de la mayor barbarie que ha vivido nuestro país en la historia. Madrid vio morir a 192 personas cuya única culpa fue levantarse por la mañana y coger el tren. Ese tren. Esos trenes. Hoy recordamos a todas las víctimas del 11-M, a todas las familias que enterraron un pedazo de su alma con sus seres queridos. Les recordamos porque vuelve a ser 11 de marzo, pero en realidad nunca les hemos olvidado. Y no nos acordamos de ellos porque en la estación de Atocha se construyera un monumento en su nombre o porque el parque de El Retiro albergue el Bosque del Recuerdo. Les recordamos porque todos los españoles perdimos algo aquel día. Algunos, además, nos dimos de bruces con la barbarie del terrorismo después de haber vivido los últimos 19 años en la burbuja de una pequeña isla del Mediterráneo.


Vuelve a ser 11 de marzo. Hasta once "marzos" hemos arrancado del calendario desde entonces y todavía queda mucho por hacer. Lo primero, ponernos de acuerdo para hacerlo desde la unidad. Sólo así lograremos el objetivo: luchar por la paz y la libertad. Luchar contra la violencia. 



"Dices que me quieres y yo te regalo el último soplo de mi corazón" 
(Jueves, La Oreja de Van Gogh)

miércoles, 4 de marzo de 2015

Siete años de espera

A Sergio

Fueron siete años los que te esperé. Siete años de juegos en solitario y de monopolio familiar. Te esperé sin saber que lo hacía y al saber que te esperaba jugué a imaginar cómo serías. Cuántas preguntas sin respuesta mientras te intuía crecer en esa habitación húmeda que siete años antes yo había ocupado. Poco antes de la primavera, inaugurando el mes de marzo, mis dudas se despejaron.

Te esperé siete años y finalmente llegaste para no volverte a marchar. O sí, quizá te marchaste, pero para tomar las riendas de tu vida. La nuestra ya la habíamos vivido. Tardé siete años en darme cuenta de lo imprescindible que ibas a resultar. Volví a aprender contigo la importancia de una sonrisa. Lo imprescindible del primer balbuceo y lo necesario de ese primer diente que dio paso a varias visitas de un ser de apellido Pérez, que aparecía de nuevo por las noches pero para colarse, esta vez, hasta tu almohada. 


Llegaste después de siete años para ocupar la habitación contigua y el lado de la mesa de comedor que faltaba por completar. Llegaste para prestarme tus juguetes y para obligarme a crecer. Mis siete años me obligaban ya a ejercer un cargo antes reservado para otros: el de cuidadora, confidente y amiga. 

Siete años de espera para empezar a pasear juntos por la vida, una vida que nos ha separado en varias ocasiones pero que siempre nos vuelve a juntar. Porque en el corazón no hay distancias y tras siete años de espera tú ocupaste la parte del mío que quedaba vacía. Te vi crecer y madurar sin darme cuenta de que, a mi ritmo, yo hacía lo propio pero llevándote siete años de ventaja. Fui dando pasos, abriendo el camino que tú ibas a recorrer tiempo después. Pero ahí me equivocaba porque tú terminarías construyendo tu propio camino. El que siempre quisiste seguir. Siempre tuviste las cosas muy claras. Era un camino muy distinto al mío pero complementario. El tuyo, sólo el tuyo.


Tras siete años de espera, hemos vuelto soplar juntos las velas de nuestra tarta imaginaria. Y ya son veintitrés sumando esfuerzos para extinguir las llamas que van dando paso a un año más, a un pedacito más de vida. La tuya y la mía. La nuestra. La de dos hermanos que van de la mano, que lloran y ríen juntos, que se enfadan y que se reconcilian y que no pueden vivir el uno sin el otro. 

Aunque hoy estemos separados en la distancia, siempre estaremos juntos en la vida.



"Seguiré caminando a tu lado. Poniendo mis brazos por si te caes. Preparando mi sonrisa cuando la brisa ilumine tu cara"