lunes, 22 de junio de 2015

No era como en las películas

No era como en el cine. Sus manos no rozaban mi piel hasta hacerme estremecer como tantas veces había visto en mis películas favoritas. Aquellas manos fuertes y ásperas no acariciaban, sujetaban con fuerza, inmovilizaban. Sus ojos no miraban con ternura como el protagonista de aquella comedia romántica que tantas y tantas veces había puesto en el viejo reproductor de casa. Esos dos ojos negros como el azabache miraban sin ver, lo hacían con rabia y ansia. El ansia del que necesita cubrir una necesidad vital, primaria. Como se lleva el pan a la boca quien lleva semanas en huelga de hambre.


Sus palabras no eran de lejos esas palabras tiernas que siempre imaginé. No eran siquiera palabras. Eran sonidos desconocidos para mí hasta entonces, eran ruidos que retumbaban en mi cabeza al ritmo que marcaba su cuerpo sobre el mío. Ese cuerpo, imagen del descontrol y del dolor. Mi dolor.

Nada era como soñé y ahora no dejo de soñar con ello. Esa imagen, pesadillas que se repiten noche tras noche. Una y otra vez. Una y otra vez. Sin descanso. Esa boca y todas las bocas que vinieron después. Esas manos y las que siguieron, diferentes en forma, iguales en intención. La misma expresión en todos y cada uno de esos rostros que se acercaban a mí. Esos ojos sin alma llenos de egoísmo. Esos cuerpos que sólo buscaban su propio placer.


No, esto poco tenía que ver a los encuentros románticos entre los protagonistas de las películas más taquilleras en los que la dulzura y delicadeza lo llenaban todo. Esto era, todo lo contrario, como la peor de las películas de terror. Poco que decir, nada que hacer, sólo dejarme llevar y contar los minutos para el final. Aguantar, sólo aguantar. Aguantar la respiración, también aguantar el dolor. Dolor físico pero sobre todo dolor moral. Rechazar a una parte de mí para sobrevivir esperando el momento de recuperarla, de volver a ser dueña de mi cuerpo y de mis sentimientos.


Aquella vez, por fin, sí que fue de verdad. Esa caricia que logró romper las cadenas de mi cuerpo rígido, que localizó para mí aquella autoestima perdida en camas ajenas. Mi dignidad. Esa mano sí que endulzó aquellos minutos de eternidad deseada. Ese roce sí que despertó en mí mi propia necesidad, la de ser amada pero, sobre todo, respetada. El brillo de esos ojos, esa expresión de deseo contenido, de paciencia ofrecida a quien más la necesita. Esa boca que recorrió todos y cada uno de mis poros ofreciéndome el calor que más anhelaba.

El calor del amor. El adiós a una vida pasada. El saludo a los días que a partir de ese momento pasaban a ser míos, sólo míos.


"Un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo cuando ha de ayudarle a levantarse"
(Gabriel García Márquez)


NOTA: La protagonista de esta historia no existe pero podría existir. De hecho, vive más cerca de lo que pensamos, seguro que al salir de casa nos cruzamos con ella. Es la historia de muchas mujeres y niñas víctimas de la trata de personas con fines de explotación sexual. Es la historia también de la protagonista de Mujeres nuevas 24 horas, el documental de la cineasta Mabel Lozano que denuncia la situación que viven millones de niñas en el mundo. También es la historia de Puta no soy, (Lid Editorial) la novela que acaba de publicar Charo Izquierdo y que nos pone en la piel de una niña de 15 años víctima de la explotación sexual. El post de hoy es la historia de una mujer que ha conseguido romper con la mafia que le había arrebatado su vida, su dignidad y le había convertido en una esclava. Lo ha hecho con la ayuda de asociaciones como APRAMP que se dedican a trabajar con estas mujeres, ofrecerles una alternativa lejos, muy lejos, de la prostitución. Seamos conscientes de que esta situación existe, también en nuestro país, y de que quienes hacen "uso" de estos servicios están siendo cómplices de la trata. 

miércoles, 10 de junio de 2015

Lo llaman celos

Lo llaman celos, pero en realidad son ganas. Son las ganas de estar cuando no se puede, de abrazar cuando la distancia lo impide y de besar cuando los convencionalismos lo prohíben. Lo llaman celos, pero eso que se agarra al estómago, que te apuñala por la espalda cuando no lo esperas, en realidad es necesidad. Es la necesidad de volver a sentir que tus ojos se encuentran con los míos y sólo con ellos. La necesidad también de que la alarma de mi móvil me diga que estás ahí, que siempre has estado aunque un día un fallo en el sistema de los recuerdos te alejase de mi vida. 

No, no son celos lo que siento cuando ya no te veo. Tampoco es eso que padezco cuando ocupas tu energía en alejarte de la habitación que compartíamos cuando el sol nunca se ponía. No son celos, es melancolía, añoranza de un pasado que, en este caso, sí fue mejor. Algo mejor, al menos. Un pasado de dos en el que los problemas parecían desaparecer a su paso por el sendero que marcaban nuestros pasos. Pisadas multiplicadas por dos en sueños compartidos. 


Mi sonrisa al mirar esa fotografía del ayer no son celos, es felicidad. Felicidad empañada por un deseo irrecuperable pero felicidad al fin y al cabo, que es lo que importa. Tampoco siento celos al verte con ella, es sólo un pellizco al intuir esa mirada, que tan bien conocía, fijada ahora en otro cuerpo. Es una punzada en el alma al ver tu mano en otro rostro. Sí, esa misma mano que semanas atrás, quizá meses o años, vete tú a saber, sólo buscaba mi piel. 

Lo llaman celos, pero es sólo una forma de vestir las ganas, la necesidad, la melancolía, la añoranza y la felicidad pasada. Lo llaman celos cuando el realidad quieren decir amor marchito o pasión consumida. No son celos lo que siento pero, por si lo fueran, discúlpame. Se agarran al alma, junto al vientre, y no se van. Todavía es pronto pero volarán, como volaron aquellas mariposas que en su día anticiparon todo lo que estaba por llegar. Esas mariposas que, desde donde ahora se acurrucan los celos, pintaban sonrisas en nuestras caras. En la tuya también, reconócelo.


Es una felicidad que, con alas coloreadas, voló para regresar de nuevo cuando la última página de este cuento sólo la ocupe la palabra FIN.

El fin de los días pasados. El fin de mis celos.

"Me gustaría mirar todo de lejos, pero contigo"
(Mario Benedetti)