martes, 22 de noviembre de 2016

Sin miedo a sentir

Sentir. Sentir tristeza, alegría, pena, felicidad. Sentir miedo, pasión, euforia. Sentir frío, sentir el calor sofocante de un día de verano y sentir vacío cuando nos despedimos de algo que amamos. Sentir la energía de un abrazo, sentir que te envuelve una canción o que pierdes la noción del tiempo entre las páginas de una buena historia. Sentir que te palpita el corazón cuando escuchas su voz o sentirte a morir con su desprecio. Sentir.

Qué sentido tiene la vida si no es sentir todo lo que te proporciona, sin miedo, o sintiendo miedo pero sintiendo en definitiva. Porque sentir es vivir y vivir es sentir nuestro cuerpo y todas las señales que nos envía constantemente, aunque no nos demos cuenta. El cuerpo es una esponja en constante contacto con el entorno y éste, todo un catálogo de estímulos que se expanden en décimas de segundo. Si nos enamoramos es porque sentimos y sentimos y por eso a veces sufrimos pero qué hay de malo si todo eso nos hace sentirnos vivos. 


Y es que no es lo mismo estar vivo que sentirlo, que dejarse emocionar por una puesta de sol o un poema escrito a sucio durante un viaje en un tren de madrugada. No, no es lo mismo respirar para oxigenar los pulmones que hacerlo y proporcionarle oxígeno también a tu alma. Y esto se nos olvida aunque todos presumamos de lo contrario o precisamente de que somos "fuertes" y no tenemos tiempo para pararnos a pensar si estamos tristes, si lo que tenemos delante es la felicidad, si necesitamos un abrazo o llorar a mares. No tenemos tiempo para esas "tonterías" y no nos damos cuenta de que esas tonterías son regalos que nos hace la vida. 


Nos olvidamos de sentir o nos negamos esa posibilidad sin ser conscientes de que con ello nos estamos olvidando de VIVIR en mayúsculas. Qué hay de malo en sentir miedo, tristeza o pena si, en definitiva estamos sintiendo. Si con ello valoramos más sentirnos alegres, eufóricos o felices, si ponemos en valor lo que sentimos al ver una sonrisa de buenos días o una mirada amable en un mal momento. Qué hay de malo en sentir la soledad si también vamos a ser capaces de sentir y valorar el apoyo de quienes nos quieren. 

Sintamos y hagámoslo sin temor y sin límite de tiempo, que el tiempo es vida y sentir es vivirla. 


"Puedes cerrar tus ojos a las cosas que no quieres ver, pero no puedes cerrar tu corazón a las cosas que no quieres sentir"
(Johnny Depp) 

martes, 15 de noviembre de 2016

Tengo ganas de verte

Hoy tengo ganas de verte, de que pasemos una de nuestras noches de conversaciones atropelladas y risas sinceras. De miradas que hablan y de silencios que lo dicen todo. Porque, no me negarás, que si hay algo que tú y yo hemos conseguido es que nuestros ojos expresen lo que no se atreven a hacer las palabras. No sé si algún día nuestras miradas llegaron a entenderse, pero a mí me valió lo que me dijeron. Para que luego digan que "ojos que no ven, corazón que no siente". El nuestro sintió viendo y mirando sin pudor, sin prisa, sin reparos, entreteniéndose en ese pequeño gesto, en la tímida caricia y en esa palabra que se detiene antes de ser pronunciada pero que se intuye tras la lengua reprimida. 

Hoy tengo ganas de estar contigo, de resumirte todo lo bueno que me ha pasado en los muchos meses que llevamos sin vernos y de pasar por alto lo malo, que también lo ha habido. Quiero volver a hacerte cómplice de mis pasos, pedir tu consejo, buscar tu consuelo y sacarte una de esas risas que tanto hemos disfrutado. Quiero que me cuentes cómo es tu camino, hacia dónde te lleva, si está lleno de baches o si transcurre por un bonito paraje.


Tengo ganas de todo eso y más, de que te sientas orgulloso de mí aunque apenas me conozcas o a pesar de que me conoces más de lo que a mí me gustaría. Qué le voy a hacer si nuestras conversaciones cuando el sol ya no ilumina son transparentes a pesar de que actúan a ciegas, sin referencia. Confianza y transparencia. Dos caras de una misma moneda con la única cruz de la vulnerabilidad. Y qué más da sentirse vulnerable si a la vez te sientes protegida, arrullada por unos ojos sinceros y unas cálidas palabras. Qué importa si gracias a todo eso puedes ser tú misma. 


Sí, hoy tengo ganas de sentir esos nervios de la primera vez, la emoción de un recibimiento sentido y la calidez de un abrazo más largo e intenso de lo habitual. Tengo ganas de montarme en el coche y entonar a voz en grito la canción que tantas veces sonó aquella vez, ¿la recuerdas? Menos mal que nunca llegaste a verme a través del cristal desgañitándome intentando parecerme a la cantante. 

Hoy tengo ganas de ti, de nosotros, de nuestro tiempo compartido. Tengo ganas de parar el mundo, de coger fuerzas, y de que siga girando unos meses más... hasta la próxima vez. 


"Lo nuestro, ¿qué es lo nuestro? Por ahora, al menos, es una especie de complicidad frente a los otros, un secreto compartido, un pacto unilateral". 

(Mario Benedetti) 

lunes, 7 de noviembre de 2016

Buscando tu mirada

Los pantalones que esta mañana me costó abrochar ahora me han quedado grandes y me pierdo en la blusa de gasa que elegí antes de salir de casa. El sillón que hasta hace unos minutos me abrazaba ahora me parece un gran océano en el que no veo el horizonte. Sí, no alcanzo el suelo o quizá soy tan microscópica que el suelo se me antoja eterno, inabarcable. Me hago pequeña y nadie se asombra, nadie se extraña. Desaparezco entre mis zapatos y el mundo sigue girando, sigo oyendo las mismas voces, las mismas risas a lo lejos, las mismas luces iluminando la estancia. Todo sigue igual menos yo que me difumino y me diluyo, que desaparezco, que dejo de existir aunque siga respirando aquí, en el mismo sitio, sin moverme. 

Me hago pequeña bajo sus ojos, minúscula aunque nadie lo sepa, tras sus palabras. Me crezco y me desinflo y nadie parece verlo. Pero aquí estoy y en este momento la hormiga más pequeña me parece un gigante fuerte, poderoso, capaz de todo, sin miedo a una pisada letal. La envidio, ella es reina en su mundo. 


Nadie lo sabe pero me gustaría desaparecer en un segundo y correr hacia el búnker que todavía construyo para proteger mi alma. Ese sitio en el que nada me hiere, en el que soy yo sin miedo a nada. Esa parcela en la que me protejo y me curo antes de salir de nuevo al mundo. Un mundo en el que no vale mirar al frente con la cabeza alta porque no está hecho para los altos. Van golpeando con todo. Con todos. No, fuera de mi búnker hay que estar pendiente de demasiadas cosas, protegerte de demasiados asuntos, estar alerta, siempre alerta y agota, desgasta. Duele. 

Me empeño en buscar caras amigas que me ayuden a ajustarme de nuevo los pantalones, a volver a sacar la cabeza por el cuello de mi blusa de gasa y a que el sillón siga abarcándome. Miradas que te dan fuerza, palabras que te hacen recobrar el aliento, las ganas. Miradas y palabras que te aúpan, que te hacen crecer, crecerte. Soy afortunada porque al final termino por encontrarlas. Entre tanta oscuridad siempre hay un haz de luz que vuelve a guiarte, que te pone de nuevo en el camino, que te hace confiar. Miradas que se convierten en muleta, en bastón para sostenerse, para levantarse y no caerse. 


Ahora el pantalón vuelve a apretarme y mi blusa de gasa me da un aspecto especial. Miro mi reflejo en un viejo cristal y sonrío. Me guiño un ojo y pronuncio las palabras mágicas. Ya puedo seguir, sin miedo y con ganas, con paso firme... caminando por un mundo que me sigue pareciendo grande aunque no esté pensado para los altos. 


"Las palabras están llenas de falsedad o de arte. La mirada es el lenguaje del corazón"
(William Shakespeare)