martes, 23 de septiembre de 2014

Creando mundos imaginarios

Desde pequeña siempre he tenido mucha imaginación. Mi habitación, atestada de muñecos de todos los tamaños, se convertía rápidamente en una improvisada aula de colegio en la que yo ejercía de profesora, o se transformaba en mi pequeña mansión con jardín y piscina. Jugaba a imaginar que era madre de familia y luego la directora de una película protagonizada por una legión de Barbies y Action Man que le tomaba prestados, sin permiso, a mi hermano pequeño. Siempre he tenido mucha imaginación. 

Según fueron pasando los años esa imaginación se fue transformando en la necesidad de plasmar todos mis pensamientos sobre el papel. Los enfados con mis amigas, los primeros amores... Iba rellenando diarios de interminables historias de adolescente. Era mi momento. El bolígrafo, el papel y yo. Mi imaginación, mi cabeza y mi corazón. Porque sí, en esa época complicada que es el paso de niña a mujer, encontraba el alivio al torrente de sentimientos y sensaciones sin control que estaba experimentando. Hoy en día sigo necesitando de mi momento junto al papel. Es terapéutico. Y no lo digo yo. La gran Ana María Matute lo dijo con las más bellas palabras durante su discurso al recoger el Premio Cervantes 2010. La eterna niña grande que, como yo (salvando las distancias, evidentemente) y como muchas niñas, jugaba a inventar porque "el que no inventa no vive".

Eso es lo que tiene la literatura, puedes inventar tus propios mundos, crear a tus propios personajes, que se muevan y sientan a tu antojo. Puedes hacer que tu personaje actúe como tú habrías querido aunque nunca te atrevieras. Puedes hacer tantas y tantas cosas con la literatura. Ella lo hizo con pasión durante los años de su vida literaria y nos dejó un regalo, su última historia inacabada. Su último sueño sobre el papel. Hoy se publica Demonios Familiares, una nueva joya de Ana María Matute que nos hace seguir creyendo en el poder de la literatura. Nos anima a coger de nuevo papel y pluma y volver a dejar volar la imaginación, como cuando éramos niñas. 


martes, 16 de septiembre de 2014

El día de la barbarie

Hay días en los que todo se conjura y se conjuga para que vuelvas a hacer algo que tenías en el limbo del tiempo. Hoy es uno de esos días. Días en los que algo se te mueve por dentro y necesitas expresar con palabras sobre el papel (en este caso sobre una pantalla de ordenador) todas y cada una de las ideas que te bailan en la mente y en el corazón. Hoy es el día de la barbarie. Sí, es así, y lo siento por los amantes de una tradición 'medieval' de la que me avergüenzo profundamente. 

Me cuesta asomarme a las noticias sobre la brutalidad del Toro de la Vega de Tordesillas. Me da miedo (sí, miedo) ver las imágenes del pobre animal siendo atacado por cientos de personas hasta que le llega la muerte. La muerte, el único consuelo para ese toro (bravo) que durante eternos minutos está sufriendo los envites de un grupo de personas que se enorgullecen de mantener año tras año una tradición inhumana, si me permitís la palabra. 

Elegido es la víctima de este año. Su muerte será motivo de orgullo para quienes le asesten el golpe final. Para los demás, afortunadamente cada vez más, solo es horror y vergüenza. ¿Hasta dónde llega la irracionalidad del ser humano? ¿De verdad puede consentirse una tradición (si es que merece ese nombre) que consiste en torturar innecesariamente a otro ser vivo? 

Lo dice una amante de los animales, sí, pero también lo dice alguien que vive en el siglo XXI y que cree en la bondad del ser humano. El Toro de la Vega es una tradición medieval... ¿no ha llovido suficiente?


NOTA: No he encontrado imagen mejor para ilustrar esta entrada que las viñetas de Forges. Me siento incapaz de utilizar cualquiera de las imágenes que aparecen en Google al poner "Toro de la Vega".