viernes, 30 de diciembre de 2016

366 días aprendiendo

30 de diciembre de 2016. Quedan poco más de 24 horas para sumarnos al 17 y, como cada año, no hay momento mejor para hacer balance de lo que han sido los 365 días precedentes. Un año que queda atrás lleno de momentos, buenos y malos, sentimientos, sensaciones, que también han sido buenas y malas, sonrisas, llantos, muchas alegrías, alguna que otra pena, aprendizaje, sobre todo aprendizaje y crecimiento. Porque de eso se trata al fin y al cabo, de avanzar con el calendario, de caer, levantarse, recomponerse, reinventarse y de seguir creciendo. 

Y es que este año he crecido, aunque algunas veces, en algunas situaciones, me haya sentido pequeña. Pero hasta eso me ha hecho crecer (de todo se aprende, dicen). He crecido porque he aprendido que, por mucho que nos empeñemos, las cosas no pueden ser siempre como uno quiere. Al menos no si no tienen que ver sólo y exclusivamente con uno mismo. He aprendido también que existen los prejuicios y quienes se alimentan de ellos. Quienes no son capaces de quitárselos de encima para intentar ver una realidad que, casi siempre, se aleja de la imagen preconcebida. He aprendido, por tanto, a no dedicarles mucho tiempo y a centrarme en quienes se interesan por conocer más allá de las etiquetas. Eso me ha permitido, todo sea dicho, acercarme a personas fantásticas que han caminado junto a mí este 2016.


Este año he crecido porque he aprendido todo lo bueno que se consigue remando con otras personas hacia un objetivo común, trabajando en equipo. Juntos, siempre, somos más fuertes. Siempre. Eso sí, he aprendido también que la soledad es buena y necesaria, que en momentos de vorágine son necesarios los espacios personales. Salir del barullo para escucharte y aprender a entenderte. Esto todavía lo tengo que mejorar en 2017 pero este año he aprendido cómo hacerlo, que querer estar con uno mismo aunque seamos seres sociales no es malo. He aprendido también a respetar cuando es el otro quien necesita su espacio. Callar para escuchar cuando uno necesita ser escuchado pero mientras, callar. 


He aprendido que querer a veces es dar tiempo y que la sinceridad en ocasiones duele pero que cuando se quiere de verdad, desde lo más profundo del corazón, es necesaria. Este 2016 me ha enseñado que lo más difícil de todo es ser sincero con uno mismo, saber lo que se quiere sin que ese querer esté influenciado por todo lo que nos rodea. Esto también lo tengo que mejorar.

En estos 366 días que vamos a dejar atrás he aprendido un nuevo lenguaje y he perfeccionado el de las miradas. Cuánto dicen unos ojos. He aprendido a hablar como hablaba a los dos años cuando todo era sencillo, cuando las frases complejas, subordinadas, eran cosas de mayores. He escuchado, por primera vez, el cargo que voy a desempeñar el resto de mi vida: el de "tía Marta". Me encanta y emociona.


Este año he tenido claro que el mundo me importa y me duele a partes iguales, que las injusticias existen y que el amor y la entrega es la única manera de combatirlas. Este 2016 me he vuelto a dar cuenta de que soy incapaz de mirar para otro lado cuando la realidad nos da una bofetada y que, aunque en mi mano no siempre esté el cambiar las cosas, siempre seré un grano de arena capaz de formar una playa si me sumo a otros. 

Los sueños se cumplen. Esto no es algo que haya aprendido exclusivamente este año pero 2016 sí que me ha permitido comprobarlo. Los sueños se cumplen, pero no por arte de magia. El trabajo, el esfuerzo, la dedicación y la pasión nos llevan siempre a conseguir nuestras metas. Con esos ingredientes sólo es cuestión de tiempo alcanzar todo lo que nos propongamos. Las piedras en el camino existen pero al tropezar sólo hay que saber levantarse y continuar caminando porque nuestro objetivo siempre nos espera y a él llegaremos tarde o temprano. He aprendido también a pedir ayuda, a veces no es fácil continuar un camino cuando los baches hacen que parezca impracticable. Afortunadamente, siempre está la opción de pedir que otros ojos miren por ti y te ayuden a volver al sendero, que sean tus gafas durante un tiempo hasta que tu mirada se haya recuperado por completo.


Este año he vuelto a comprobar que quienes de verdad te quieren siempre están contigo, aunque sea desde la distancia. Que te apoyarán pase lo que pase, que llorarán contigo cuando haya que hacerlo y que te harán reír si es lo que toca. 

Y otra de las cosas que me ha enseñado este 2016 es el verdadero significado de la palabra "compromiso". Con ella recibo el 2017 con nuevas ilusiones, nuevos proyectos (algunos de vida), nuevos retos y, sobre todo, muchas ganas de llenar mi año de momentos de felicidad, de sonrisas y de risas a carcajadas. Llenarlo también de palabras bonitas de quienes me acompañáis en este rinconcito en el que, con vuestra ayuda, paro el mundo de vez en cuando. 

Eso sí, ahora le voy a dejar que siga girando que el nuevo año ya llama a la puerta con fuerza.

Foto del Calendario AMEB 2017 (ameb.es)

¡¡Feliz 2017 a tod@s!! 


"Yo tampoco se cómo vivir... estoy improvisando"
(Anónimo) 

lunes, 12 de diciembre de 2016

Hace suficiente tiempo

Hace tiempo que no estábamos así, frente a frente, a solas, separados únicamente por dos copas con los restos de lo que sólo una hora antes habían sido dos cubitos de hielo, demasiado grandes para mi gusto. Hace tiempo que no nos mirábamos a los ojos con la única compañía del silencio, un silencio roto de tanto en tanto por nuestra respiración cada vez más agitada, entrecortada. 

Hacía ya demasiado tiempo que no mirábamos a través de nuestros ojos, que no inspeccionábamos nuestro interior por ese agujerito que dejan unas pupilas tremendamente dilatadas. Hace tiempo ya, mucho o poco, no lo sé, pero hace tiempo. Tiempos de espera, de sueños, de mensajes en el aire, de silencios incómodos, de lágrimas ahogadas en compañía y también en soledad. Tiempos de incertidumbre, de celos, de búsqueda de consuelo, de ánimos ahogados, de abrazos de otros. Tiempo de vida en un compás de espera. 


Ahora que estamos así, con el alma desnuda, no sé por dónde empezar. Quizá espero que tú rompas el hielo sin darme cuenta de que éste hace tiempo que espera deshecho. Busco las palabras pero al mirarte se ahogan, se esconden en una garganta que lucha únicamente por respirar. Qué decirte cuando nada tendrá sentido o cuando tendrá tanto sentido que asustará. 

Respira. Tranquila. Respiración pausada. Oxígeno. Un nuevo intento. 

Tengo que confesarte... No, no puedo. Lo siento. Tu boca se mueve inquieta. La mueca. Esa mueca que siempre me gustó, este gesto tan tuyo de confusión. La mueca que tiempo atrás siempre terminaba en sonrisa hasta hacerse beso. Cuántos recuerdos en cada gesto. Como aquella vez en la que la noche se hizo día en un simple parpadeo. ¿Recuerdas? Cuántos minutos nos faltaban en cada hora que pasábamos juntos. Maldito reloj que se apresuraba por llamar al amanecer.


Ese mismo reloj que ahora no espera, que suma inquietud en este momento de tensión contenida. Vuelvo a intentarlo. Ya puedo...  

Tengo que confesarte que siempre estuve en cada paso que dabas, que traté de levantarte de cada caída que tuviste en el camino que te separaba de mí. Te vi alejarte pero estuve siempre mirándote de lejos. Fui testigo de ese momento en el que dejé de ser la única entre las sábanas de algodón que tanto se arrugaban y que eran nuestras, testigos de la historia que nunca tuvo que haber acabado. Celebré contigo, sin que lo supieras, tu ascenso. Vi como cumplías tu sueño aunque nunca pude darte el beso interminable que te prometí aquella tarde de verano en la que compartimos paseos por la playa. Tuviste tu beso, eso sí, y nunca supe si me alegró o me partió el alma. 


Siempre he estado contigo, sin miedo a parecer una loca, porque siempre he sabido que mi vida era contigo aunque fuese desde el gallinero del teatro que acogió nuestra primera cita. 

Ahora puedo decirte que seguiré acompañándote, siempre que tu me dejes, y quiero que lo hagas tú también. Quiero que también seas testigo de mis éxitos, de mis fracasos, de mis risas y de mis lágrimas. Quiero que compartas conmigo esta nueva vida, que le conozcas, que conozcas un mundo construido a base de esfuerzo y que hoy, orgullosa, puedo decir que huele a futuro. Quiero que podamos llamarnos sin dolor, sin resentimiento y sin pena. Reírnos sin culpa. Llorar de alegría como siempre hicimos juntos. 

Hoy quiero confesarte que te necesito. El tiempo ha vuelto a cruzarte en mi camino. ¿Lo andamos juntos?


"Y aunque no siempre he entendido mis fracasos, en cambio sé que en tus brazos el mundo tiene sentido"
(Mario Benedetti) 

jueves, 1 de diciembre de 2016

"Eres especial" (voz: Enrique Marrón)

La de hoy es una entrada especial, diferente, de personas bonitas para personas más bellas todavía. Es un regalo para mí y para todos vosotros y es la muestra de que mires donde mires siempre encontrarás a personas "especiales" dispuestas a hacer únicas las cosas más simples. 

Esta entrada tiene voz y no es una voz cualquiera. Es, además de una de las mejores voces de nuestro país, la de una de las personas más maravillosas que he conocido y de esto os vais a dar cuenta en cuanto empecéis a escucharle. Él es Enrique Marrón y ha querido hacernos el regalo de ponerle voz a "Eres especial", la entrada más leída del blog. Es también un regalo para AMEB porque es a la Asociación Madrileña de Espina Bífida a quien estaba dedicada la entrada.

¡Gracias a tod@s!




Sigue el texto aquí.


"Cualquiera puede hacerte sonreír... pero sólo una persona especial puede hacerte feliz" 
(Anónimo)

martes, 22 de noviembre de 2016

Sin miedo a sentir

Sentir. Sentir tristeza, alegría, pena, felicidad. Sentir miedo, pasión, euforia. Sentir frío, sentir el calor sofocante de un día de verano y sentir vacío cuando nos despedimos de algo que amamos. Sentir la energía de un abrazo, sentir que te envuelve una canción o que pierdes la noción del tiempo entre las páginas de una buena historia. Sentir que te palpita el corazón cuando escuchas su voz o sentirte a morir con su desprecio. Sentir.

Qué sentido tiene la vida si no es sentir todo lo que te proporciona, sin miedo, o sintiendo miedo pero sintiendo en definitiva. Porque sentir es vivir y vivir es sentir nuestro cuerpo y todas las señales que nos envía constantemente, aunque no nos demos cuenta. El cuerpo es una esponja en constante contacto con el entorno y éste, todo un catálogo de estímulos que se expanden en décimas de segundo. Si nos enamoramos es porque sentimos y sentimos y por eso a veces sufrimos pero qué hay de malo si todo eso nos hace sentirnos vivos. 


Y es que no es lo mismo estar vivo que sentirlo, que dejarse emocionar por una puesta de sol o un poema escrito a sucio durante un viaje en un tren de madrugada. No, no es lo mismo respirar para oxigenar los pulmones que hacerlo y proporcionarle oxígeno también a tu alma. Y esto se nos olvida aunque todos presumamos de lo contrario o precisamente de que somos "fuertes" y no tenemos tiempo para pararnos a pensar si estamos tristes, si lo que tenemos delante es la felicidad, si necesitamos un abrazo o llorar a mares. No tenemos tiempo para esas "tonterías" y no nos damos cuenta de que esas tonterías son regalos que nos hace la vida. 


Nos olvidamos de sentir o nos negamos esa posibilidad sin ser conscientes de que con ello nos estamos olvidando de VIVIR en mayúsculas. Qué hay de malo en sentir miedo, tristeza o pena si, en definitiva estamos sintiendo. Si con ello valoramos más sentirnos alegres, eufóricos o felices, si ponemos en valor lo que sentimos al ver una sonrisa de buenos días o una mirada amable en un mal momento. Qué hay de malo en sentir la soledad si también vamos a ser capaces de sentir y valorar el apoyo de quienes nos quieren. 

Sintamos y hagámoslo sin temor y sin límite de tiempo, que el tiempo es vida y sentir es vivirla. 


"Puedes cerrar tus ojos a las cosas que no quieres ver, pero no puedes cerrar tu corazón a las cosas que no quieres sentir"
(Johnny Depp) 

martes, 15 de noviembre de 2016

Tengo ganas de verte

Hoy tengo ganas de verte, de que pasemos una de nuestras noches de conversaciones atropelladas y risas sinceras. De miradas que hablan y de silencios que lo dicen todo. Porque, no me negarás, que si hay algo que tú y yo hemos conseguido es que nuestros ojos expresen lo que no se atreven a hacer las palabras. No sé si algún día nuestras miradas llegaron a entenderse, pero a mí me valió lo que me dijeron. Para que luego digan que "ojos que no ven, corazón que no siente". El nuestro sintió viendo y mirando sin pudor, sin prisa, sin reparos, entreteniéndose en ese pequeño gesto, en la tímida caricia y en esa palabra que se detiene antes de ser pronunciada pero que se intuye tras la lengua reprimida. 

Hoy tengo ganas de estar contigo, de resumirte todo lo bueno que me ha pasado en los muchos meses que llevamos sin vernos y de pasar por alto lo malo, que también lo ha habido. Quiero volver a hacerte cómplice de mis pasos, pedir tu consejo, buscar tu consuelo y sacarte una de esas risas que tanto hemos disfrutado. Quiero que me cuentes cómo es tu camino, hacia dónde te lleva, si está lleno de baches o si transcurre por un bonito paraje.


Tengo ganas de todo eso y más, de que te sientas orgulloso de mí aunque apenas me conozcas o a pesar de que me conoces más de lo que a mí me gustaría. Qué le voy a hacer si nuestras conversaciones cuando el sol ya no ilumina son transparentes a pesar de que actúan a ciegas, sin referencia. Confianza y transparencia. Dos caras de una misma moneda con la única cruz de la vulnerabilidad. Y qué más da sentirse vulnerable si a la vez te sientes protegida, arrullada por unos ojos sinceros y unas cálidas palabras. Qué importa si gracias a todo eso puedes ser tú misma. 


Sí, hoy tengo ganas de sentir esos nervios de la primera vez, la emoción de un recibimiento sentido y la calidez de un abrazo más largo e intenso de lo habitual. Tengo ganas de montarme en el coche y entonar a voz en grito la canción que tantas veces sonó aquella vez, ¿la recuerdas? Menos mal que nunca llegaste a verme a través del cristal desgañitándome intentando parecerme a la cantante. 

Hoy tengo ganas de ti, de nosotros, de nuestro tiempo compartido. Tengo ganas de parar el mundo, de coger fuerzas, y de que siga girando unos meses más... hasta la próxima vez. 


"Lo nuestro, ¿qué es lo nuestro? Por ahora, al menos, es una especie de complicidad frente a los otros, un secreto compartido, un pacto unilateral". 

(Mario Benedetti) 

lunes, 7 de noviembre de 2016

Buscando tu mirada

Los pantalones que esta mañana me costó abrochar ahora me han quedado grandes y me pierdo en la blusa de gasa que elegí antes de salir de casa. El sillón que hasta hace unos minutos me abrazaba ahora me parece un gran océano en el que no veo el horizonte. Sí, no alcanzo el suelo o quizá soy tan microscópica que el suelo se me antoja eterno, inabarcable. Me hago pequeña y nadie se asombra, nadie se extraña. Desaparezco entre mis zapatos y el mundo sigue girando, sigo oyendo las mismas voces, las mismas risas a lo lejos, las mismas luces iluminando la estancia. Todo sigue igual menos yo que me difumino y me diluyo, que desaparezco, que dejo de existir aunque siga respirando aquí, en el mismo sitio, sin moverme. 

Me hago pequeña bajo sus ojos, minúscula aunque nadie lo sepa, tras sus palabras. Me crezco y me desinflo y nadie parece verlo. Pero aquí estoy y en este momento la hormiga más pequeña me parece un gigante fuerte, poderoso, capaz de todo, sin miedo a una pisada letal. La envidio, ella es reina en su mundo. 


Nadie lo sabe pero me gustaría desaparecer en un segundo y correr hacia el búnker que todavía construyo para proteger mi alma. Ese sitio en el que nada me hiere, en el que soy yo sin miedo a nada. Esa parcela en la que me protejo y me curo antes de salir de nuevo al mundo. Un mundo en el que no vale mirar al frente con la cabeza alta porque no está hecho para los altos. Van golpeando con todo. Con todos. No, fuera de mi búnker hay que estar pendiente de demasiadas cosas, protegerte de demasiados asuntos, estar alerta, siempre alerta y agota, desgasta. Duele. 

Me empeño en buscar caras amigas que me ayuden a ajustarme de nuevo los pantalones, a volver a sacar la cabeza por el cuello de mi blusa de gasa y a que el sillón siga abarcándome. Miradas que te dan fuerza, palabras que te hacen recobrar el aliento, las ganas. Miradas y palabras que te aúpan, que te hacen crecer, crecerte. Soy afortunada porque al final termino por encontrarlas. Entre tanta oscuridad siempre hay un haz de luz que vuelve a guiarte, que te pone de nuevo en el camino, que te hace confiar. Miradas que se convierten en muleta, en bastón para sostenerse, para levantarse y no caerse. 


Ahora el pantalón vuelve a apretarme y mi blusa de gasa me da un aspecto especial. Miro mi reflejo en un viejo cristal y sonrío. Me guiño un ojo y pronuncio las palabras mágicas. Ya puedo seguir, sin miedo y con ganas, con paso firme... caminando por un mundo que me sigue pareciendo grande aunque no esté pensado para los altos. 


"Las palabras están llenas de falsedad o de arte. La mirada es el lenguaje del corazón"
(William Shakespeare) 

lunes, 31 de octubre de 2016

Quince años no son nada

Hacía tiempo que no me sentaba a escribirte bajo la luz del flexo, con su único haz de luz sobre mis manos. Qué raro se me hace que en ellas ya no se recueste aquel bolígrafo transparente que tantas historias carga a sus espaldas. Qué extraño ver mis manos ahora aporreando teclas, emitiendo sonidos cuya cadencia es chivata y espía de mis emociones. Ahora más rápido. Esta frase más lento. Silencio. Vuelta a empezar. 

Qué diferente aquel tiempo y qué poco ha cambiado quien aquí escribe. Quince años no son nada aunque pudieran serlo todo. Mirar atrás y no reconocerse pero mirar al frente, a este espejo, y tampoco acabar de verse. Quince años no son nada y son toda una vida. Vida de risas, de llantos, de amores, de rupturas, de peleas, de reconciliaciones, de huidas, de idas y vueltas, de mudanzas, de casas frías, de hogares cálidos, de visitas y de sillones vacíos de quien ya no puedes visitar. 


Hoy me siento aquí, junto a mi flexo descolorido que tanto ha visto bajo su luz. No sólo era guardián de mis cartas, de las que leías y las que no, también era testigo de agobios, de horas de café, de tintas fosforitas y subrayados de última hora, de trabajos en grupo y de horas de soledad. Aquí estoy frente al "papel" dejándome llevar, buscando las palabras que tanto pesan en la mochila, tratando de dejar espacio para las que me tocará cargar. 

No, quince años no son nada. Sigo siendo la misma que necesitaba llenar de tinta decenas de cuadernos en la soledad callada de su habitación. Hablándote. Hablándose. Sintiendo cómo siento, sintiendo en mayúsculas, sin miedo, con orgullo. Llorando si es que quiero o callando siempre que puedo. Sentir y contar. Contar para seguir sintiendo. 


Hoy vuelvo a estar aquí para decirte que el tiempo pasa aunque se para al sentarme en este rincón de mi nueva casa. Y hoy has sido tú la razón de mi parada porque, que no se te olvide, quince años no son nada.


"Escribimos en la oscuridad, sin mapas, sin brújula, sin señales del camino. Escribir es flotar en el vacío"
(Rosa Montero)